domingo, 12 de julio de 2020

La trilogía uruguaya que le dio alma al Cúcuta Deportivo

Por: @faberriom

La trilogía uruguaya que le dio alma al Cúcuta Deportivo

“El fútbol no entiende de fronteras. Pero sí de memorias. Y en Cúcuta, tres uruguayos escribieron la suya con tinta imborrable.”

En el universo del fútbol hay momentos que trascienden el marcador, épocas en que el juego se vuelve historia y los nombres propios se hacen leyenda. Así fue el paso de tres uruguayos por la tierra del sol y la frontera: Sergio “Bocha” Santín, Miguel Ángel Puppo y Ricardo “Tito” Viera, quienes, entre 1980 y 1982, vistieron la camiseta del Cúcuta Deportivo y dejaron en ella un legado que sigue latiendo en la memoria rojinegra.

No fueron simples refuerzos. Fueron una trilogía de talento, garra y temple, que marcó una época y consolidó una conexión especial entre el fútbol uruguayo y la ciudad de Cúcuta.


Miguel Ángel Puppo, Sergio Rodolfo Santín y Ricardo Lindolfo Viera

Sergio “Bocha” Santín: el pensador y arquitecto del mediocampo

De Salto, Uruguay, donde nacen los zurdos de oro, emergió Sergio Rodolfo Santín Spinelli, un mediocampista fino, cerebral, de visión quirúrgica y ejecución exacta. El “Bocha” llegó al Cúcuta Deportivo en 1980, contratado por 120 mil dólares al Danubio FC, luego de que se frustrara el fichaje de un jovencísimo Enzo Francescoli. Fue un plan B que resultó ser una joya.

Su fútbol tenía pausa y precisión. Era un artista del pase, un tejedor de ideas. Los penales eran su especialidad: fríos, perfectos, casi clínicos. No necesitaba gritar para liderar; hablaba con su zurda, con su ubicación, con su entendimiento del juego.

Su historia con el Cúcuta fue breve, pero luminosa. Luego seguiría su carrera en Atlético Nacional y América de Cali, y años después, se sentaría en el banco de suplentes como asistente de Ricardo Gareca en la selección de Perú. Pero antes, escribió una página dorada en el libro motilón.

Y hay algo más: Santín fue mundialista. En 1986, vistió la celeste de Uruguay en la Copa del Mundo de México, compartiendo cancha con gigantes y enfrentando a potencias como Alemania, Dinamarca y Argentina. No todos los días un club como Cúcuta puede decir que tuvo a un mundialista entre sus filas.

Miguel Ángel Puppo: el equilibrio silencioso

Miguel Ángel Puppo, nacido en Montevideo en 1950, llegó a Cúcuta con la experiencia de haber jugado en Vélez Sarsfield (Argentina), Aris Salónica (Grecia) y otros clubes de prestigio. Su nombre no brillaba en titulares, pero su fútbol era indispensable: ordenado, técnico, resistente. Un mediocampista defensivo de los que se ganan el respeto sin necesidad de escándalos.

Jugó alrededor de 65 partidos con la camiseta rojinegra entre 1980 y 1982. Cada balón que recuperaba era una promesa de ataque. Cada pase, un punto de equilibrio. Era el engranaje que hacía que todo el equipo funcionara.

Tras su retiro, siguió vinculado al fútbol desde los banquillos, dirigiendo en Uruguay y también en Colombia, donde dejó huella en clubes como el Deportes Tolima. Su paso por Cúcuta fue un capítulo clave en su evolución como técnico y como referente del juego limpio y la disciplina táctica.

Ricardo “Tito” Viera: el artillero de la frontera

Ricardo Lindolfo Viera, nacido en 1960 en Montevideo, llegó al Cúcuta Deportivo como puntero izquierdo. Goleador por instinto, su presencia en el área era sinónimo de peligro. Rápido, decidido, técnico, Viera tenía ese olfato tan uruguayo para estar en el lugar justo en el momento indicado.

No fue defensor, como algunas fuentes erróneamente indican. Fue un atacante neto, un “puntero izquierdo” clásico con profundidad y capacidad de gol. Su paso por Junior de Barranquilla lo había dado a conocer en Colombia, y en Cúcuta encontró el espacio para brillar con entrega y goles.

Luego, su carrera lo llevaría a equipos como Atlético Nacional, Unión Magdalena y Olimpia de Paraguay, dejando siempre una huella imborrable.

En 1987, alcanzó uno de los picos más altos de su carrera: campeón de la Copa Libertadores con Peñarol, en una final inolvidable ante América de Cali. Jugó el partido decisivo en Santiago de Chile, que se definió en el minuto 120 con un gol de Diego Aguirre. Ricardo Viera fue parte de ese grupo que se inscribió en la historia grande del continente.

En Cúcuta, dejó una impresión fuerte. Su compromiso, sus goles y su entrega lo convirtieron en uno de los extranjeros más respetados por la hinchada. Fue un delantero de presencia, pero también de profundidad.

Una memoria viva

La trilogía uruguaya no fue solo una coincidencia feliz. Fue una declaración de intenciones del Cúcuta Deportivo, que apostó por el talento extranjero con alma y carácter. Junto al argentino Miguel “Chiche” Dizz, formaron una columna vertebral que hizo soñar a la ciudad. Aquellos años marcaron una era distinta, un tiempo donde la pelota se jugaba con pasión y se sentía como pertenencia.

Hoy, los nombres de Santín, Puppo y Viera siguen vivos en la memoria colectiva. En las conversaciones de los veteranos, en los archivos de los cronistas, en el corazón de quienes alguna vez corearon sus nombres en el General Santander.

Fútbol sin fronteras

Esta trilogía fue más que un fenómeno deportivo: fue un puente entre culturas. Uruguay puso el talento, Cúcuta ofreció el escenario. Juntos, escribieron una historia que merece ser contada.

Porque hay momentos en los que el fútbol no solo se juega: se siente, se recuerda y se agradece.